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Sentirse bien

Sentirse bien

La cantante Isabela Souza se marca una inspirada primera estrofa sugerente en su melodiosa canción “Sentirse bien”:

Abre bien tu mente

Y vuela sin mirar atrás

Para ser consciente

Mira con los ojos de tu corazón

Con la que estoy mucho más de acuerdo que con el resto de la canción que se torna más romántica y popular, pero me da pie para reflexionar brevemente sobre el bienestar corporal y psicológico o sentirse bien, un elemento fundamental en nuestras vidas cuando vamos cumpliendo años y el cuerpo no responde como en nuestra recordada juventud.

Me seduce mucho más la propuesta de Thich Nhat Hanh, el padre del Mindfulness: “Camina como si estuvieras besando la tierra con tus pies”. Qué hermoso,  con qué sencillez nos alerta sobre  la poca atención que ponemos en nuestro presente, en nuestras sensaciones.

Juvenal nos exhortó: “Mens sana in corpore sano”. Inevitable e inexorablemente el tiempo nos va alanceando a cada poco, hiriéndonos en nuestro físico y también en nuestra autoestima. Nos miramos al espejo y nos parece que no somos los mismos. Nuestras bisagras corporales chirrían, sentimos un dolor aquí, una sensación extraña allá… queremos el físico de nuestra veintena sin renunciar a nuestra madurez cerebral y cognitiva: una mala gestión de estas sensaciones conducen al diván, lo sabemos. Ya que en esta vida hemos de aceptar, consentir y celebrar el cumplir años, para seguir sintiéndonos bien al menos psicológicamente.

Es de todo punto importante mantenernos con buena salud, practicando ejercicio regularmente y abriendo solo la boca a alimentos lo menos procesado posibles. Esto alargará nuestra vida.

Desde un punto de vista biológico, el bienestar corporal está relacionado con el sentido interoceptivo, el menos conocido de nuestros sentidos, particularmente visceral. Es indispensable un aprendizaje de procesamiento sensorial y acostumbrarnos a escuchar sin alertarnos, al propio cuerpo. Porque contamos con receptores sensoriales en músculos y articulaciones, pudiendo ser conscientes de nuestros movimientos y sensaciones. Estos receptores los tenemos también en la piel y en nuestros órganos (en casi todos los inervados por el sistema vasovagal), y la información derivada regula decenas de funciones vitales. Alguno de estos informes tienen un reflejo cognitivo que podemos llegar a captar si contamos con la suficiente sensibilidad, y dejará su impronta a nivel emocional. El control de nuestra interocepción reside en la corteza insular, sita en el lóbulo temporal, que es la verdadera chivata sobre si nos sentimos bien o no tan bien.

Una parte de la sabiduría de estar presente y consciente, reside también en saber escuchar a nuestra maquinaria corporal y sentirnos bien con ella. Y fundamentalmente, aprender aprehendiendo.

Siempre me gusta proponeros algunos ejercicios. En este caso, indispensable es establecer una rutina de entrenamiento mindfulness, orientado a mirar dentro, a la autoobservación, siempre que ello no derive en una exacerbación de síntomas de otro trastorno psicológico.

En mi libro de próxima publicación propongo un ejercicio específico orientado a ser plenamente consciente de nuestra percepción sensorial, que podré compartirlo más adelante.

Pero qué duda cabe que esta reflexión debe servirnos para decidir cada día estar más atento a qué pasa dentro de nosotros, sin juzgarlo. Sólo mirar y sentir. Si vamos cumpliendo años seguramente percibiremos algunas sensaciones algo distorsionadas, lo que no deja de ser completamente normal y no debe asustarnos. La clave está en buscar el modo de sentirnos bien, lo mejor posible, en cada momento. Sin estridencias, sin atajos, sin sustancias tóxicas, quizás viviendo lánguidamente.

Habría mucho que hablar, pero no tenemos tanto espacio.

Seguid disfrutando de este verano.

Alberto Bermejo

Psicólogo clínico

Gabinete de Psicología Eidos (Alicante)

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Felices y contentos…. ¡y moderadamente activos!

Felices y contentos…. ¡y moderadamente activos!

Si recordamos el mito griego de Sísifo,  éste fue condenado a rodar eternamente una piedra por una colina empinada, desde su base. Sabed que con toda certeza fue mejor castigo que una condena a permanecer sentado mirando al vacío por siempre.

Y es que los tipos aburridos a menudo tienden a parecer poco alegres y felices. Y esto concuerda con investigaciones de mis colegas acerca de la felicidad humana y su relación con nuestro nivel de actividad.

Las personas que se mantienen ocupadas, incluso con una actividad poco significativa, tienden a ser más felices que aquellos que no lo hacen. Hay múltiples estudios al respecto, pero recojo en este momento el de 2010 de la  Universidad de Chicago y la Universidad de Shanghai Jiatong publicado en Psychological Sience.

Los autores concluyen que el deseo de evitar el aburrimiento y la depresión asociada buscando una mayor actividad mejora la motivación de las personas. Y amigos, esto es una constante en psicología clínica.

De hecho estas ideas son claves en la terapia para la depresión. Un componente fundamental de toda terapia tendente a reducir el profundo desánimo que acompaña a los deprimidos está relacionado con la planificación de una serie de actividades a ser posible agradables. Es extraordinariamente importante para el psicólogo comprometer al paciente en una vida activa, manteniéndose especialmente ocupado. Y no es tarea sencilla, porque lo que más le complace al paciente deprimido es la inactividad y condolerse en su sobrevenido infortunio. Es preciso que en estadios depresivos el cerebro mantenga determinados niveles de actividad para hacer frente al leviatán de la depresión.

En la investigación que se publicó hace unos años se pidió a los voluntarios completar un formulario-encuesta y luego esperar 15 minutos hasta que que estuviera lista la siguiente. Se les dio a elegir a los participantes entregar la encuesta y esperar o bien caminar unos minutos y entregar la encuesta en una localización cercana, recibiendo en ambos casos un pequeño caramelo como obsequio. Con medidas apropiadas se concluyó que aquellos que prefirieron caminar para entregar su encuesta respondida se sentían más felices que los que no se movieron de su sitio y esperaron aburridos.

Según parece, si fuéramos capaces de idear un mecanismo que activara a la gente ociosa para participar en actividades no perjudiciales sería mucho mejor que mantenerse en un destructivo aburrimiento.

Así que amigos, tomad buena nota. Sobre todos aquellos que aspiran a alcanzar la inactividad absoluta o no hacer prácticamente nada; nuestra psicofisiología no responderá óptimamente en tal situación. Resignaos: para mantener un determinado nivel de felicidad deberemos estar razonablemente ocupados. ¿Eres una persona activa o todo lo contrario?

Alberto Bermejo

Psicólogo clínico

Gabinete de Psicología Eidos (Alicante)

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Diccionario emocional:  Nostalgia

Diccionario emocional: Nostalgia

¿Eres persona nostálgica? ¿Te ves inundado por un sentimiento como este a menudo? Experiencialmente nos encontraríamos cerca de otras tonalidades emocionales como la pena, la desilusión, el repliegue hacia el interior, quizás el desengaño… Si no me lo has oído decir, escúchame ahora: abrirse a un sentimiento “negativo” por etiquetarlo así, no es comprometedor para la unidad del self, para nuestro autoconcepto o autoestima. De vez en cuando debemos revisar y ver qué nos emociona. Las emociones nos convierten en magníficos seres humanos. Yo soy un entusiasta emocional. Recuerdo al José María García de las ondas, con su látigo verbal: “ni una buena acción, ni una mala palabra”, que definen a muchas personas (a menudo melindrosas) que ni sienten, ni padecen: los iletrados emocionales.

La nostalgia guarda relación con un sentimiento triste que puede acaecer en cualquier momento de la vida. Los recuerdos son el principal disparador de esta emoción. La extinción de un buen momento del pasado, recordado, puede generar la nostalgia. Históricamente, su primera aparición conceptual data de 1688: el estudiante Johannes Hofer lo introdujo en su tesis de grado (medicina) describiéndolo como “la enfermedad de un estudiante que dejó su ciudad natal para acudir a estudiar a Basilea”.

En esta oportunidad quiero maridar la nostalgia con un sentimiento más energético, el anhelo, con su matiz comportamental. Fuerte y henchido de creatividad, que deriva del hambre y sed no saciadas del alma, que nos empuja a seguir nuestros sueños y deseos insatisfechos, nuestras personales utopías, sublimando otras emociones más prosaicas. El autor de Crónicas de Narnia C.S. Lewis lo llamó sehnsucht (en alemán) vinculándolo a la posibilidad de generar mucho más y ser u obtener algo mejor. En una de sus novelas escribiría:  “Cuando fui más feliz más anhelaba. En esos días felices, cuando estábamos arriba en las colinas…. Con el viento y el sol… Y debido a que era tan hermoso, me hizo anhelar, siempre anhelar….”.

Si miras dentro de ti y ves un paisaje gris o un cielo nublado, un frío implacable o un eclipse de luna, te voy a ofrecer algunas claves para sentirte algo mejor.

  • Ante todo, descubre que la noche también es bella, aunque reine dentro de nosotros. Y podemos aprender de la misma.
  • Haz una breve meditación para afinar y etiquetar tu emoción
  • Tu estructura emocional está vinculada a tus pensamientos. Y la nostalgia está especialmente emparentada con la memoria. Haz un pequeño esfuerzo por tomar algunas notas sobre cómo te sientes y unir tu experiencia emocional a imágenes, recuerdos o pensamientos que cursan en paralelo. No siempre es fácil modificar emociones, siendo más sencillo cambiar nuestros eventos cognitivos.
  • Si tienes la paciencia suficiente encontrarás que hay dos o tres ideas únicamente vinculadas a la compleja emotividad que ahora te está preocupando: quizás sea el desamor, la pérdida de un amigo, la añoranza de un viaje o buenos momentos, o una experiencia de soledad…
  • Si tienes un problema de comunicación o de cualquier tipo con una persona cercana, toma la decisión de buscarle solución. Contacta con ella y abordar el problema.
  • La interacción social y salir con amigos procura un gran alivio para la nostalgia. Tenlo en cuenta. Aprovecha, ahora que es verano, para salir y tomar algo el sol y darte un buen chapuzón

Y si mis consejos no te ayudan hoy mucho, refúgiate en la música. Termino este post con el anhelo de Bono (U2) reflejado en su himno:  “…I still haven’t found what I’m looking for…” una hermosa canción repleta de esperanza que encontrarás en su álbum The Joshua Tree, publicado en 1987, una genialidad.

Alberto Bermejo

Psicólogo clínico

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Teletrabajo… y vuelta a la oficina

Teletrabajo… y vuelta a la oficina

Esta pandemia de COVID19 (¿tuvimos que sufrir una pandemia para ello?) representó el gran impulso en cuanto a modernidad laboral En España y en el resto del mundo convidando a una gran parte de trabajadores a teletrabajar desde sus domicilios desde la primera declaración del estado de alerta y el confinamiento.

Los psicólogos ya hemos teletrabajado anteriormente. Recuerdo que en 2002 participé en Oviedo con otros colegas en una Mesa Redonda en la II Reunión anual de la Sociedad Española de la Psicología Clínica y de la Salud (SEPCyS). La mesa “Nuevas tecnologías, internet y psicología clínica” representaba una de las primeras iniciativas científicas en España sobre la eficacia de la terapia Online y las tecnologías informáticas aplicadas a la psicología clínica.

Hasta las fechas de confinamiento de 2020 muy pocos habían disfrutado de esta modalidad de trabajo en sus empresas y a la mayoría de los profesionales lo del teletrabajo sonaba algo tenebroso. Las empresas de este país, algo carpetovetánicas, prefieren ver a sus asalariados quemando las horas en las oficinas y lo de teletrabajar en casa no debía ser algo muy español. Y en estas que nos vimos, con la gangrena del COVID19, descubrimos que tecnológicamente el país estaba preparado para que media España enchufaran sus portátiles en casa, y ¡además la mayor parte de las empresas ya estaban haciendo planes para que sus trabajadores teletrabajaran!

No en vano, el teletrabajo representa grandes ventajas para la empresa: reducción de costes operativos y energéticos, no precisar alquilar espacios de trabajo, menos gastos en material y herramientas informáticas. Y probablemente menos jefes. Sin dejar de lado el avance que supone en todos los órdenes en materia de conciliación familiar.

Si bien sigue siendo una modalidad de trabajo sospechosa para muchas corporaciones, dado que no permite atar en corto al trabajador.

Con las vacunas estamos viendo la luz al final del túnel; pensamos que en cuestión de pocos meses el COVID19 habrá sido una pesadilla y volveremos a la plena normalidad (a mí no me gusta lo de la nueva normalidad que nos vende el establishment). Las empresas ya están invitando a sus empleados a volver a los centros de trabajo. Es muy probable, tú que me estás leyendo, que este mismo lunes ya hayas sido exhortado a volver a trabajar presencialmente. Sé que te habías acostumbrado a darle a la tecla de tu ordenador en casa, mientras consolabas los llantos de tus críos, te preparabas el café, ponías la lavadora o dejabas la comida en el fuego. ¡Y todo funcionaba, el trabajo salía adelante!. Ha sido una magnífica experiencia, ¿no?.

Pero, ¡ay!. Volvemos a las oficinas. Las compañías y empresas españolas más avanzadas promueven sistemas de trabajo, que combinan eficientemente presencialidad y teletrabajo. Aplaudo las empresas que aseveraron aquello de que “el teletrabajo ha venido para quedarse”, aunque ahora no se mente tanto. Y he de decir, como psicólogo, que es absolutamente razonable y representa la mejor opción para los profesionales combinar ambas modalidades.  ¿Queréis saber por qué?.

He estudiado profundamente esta cuestión y sus derivadas. Seguir trabajando exclusivamente conectados mediante un ordenador desvirtúa la comunicación humana. Es una manera artificial de conectar con el otro. Están muy bien las sesiones por zoom, pero siempre son más cálidas las reuniones presenciales, compartiendo sonrisas reales, sintiendo la piel del otro (cuando nos dejen besarnos o darnos la mano), discutiendo de trabajo en mesas contiguas y volviendo a sentir que formas parte de la organización.  Hay algunos estudios que apuntan a que un teletrabajo prolongado puede conllevar experiencias de desánimo o depresivas, aunque no me quiero extender en ello ahora.

Además, vamos a recuperar el mayor beneficio que aporta participar en equipos de trabajo: la implicación social. Somos personas y necesitamos a los demás. Trabajar siempre a solas con tu portátil no es saludable. Desarrollar un trabajo de forma participativa combinándolo con la posibilidad de interactuar socialmente con tus compañeros es una palanca de salud mental. Te sientes útil, parte del equipo. Ello se refleja positivamente en tu autoestima, es gratificante.

El teletrabajo a la larga nos puede volver algo perezosos y “la casa se nos puede caer encima”. Lamentablemente, los datos que manejo apuntan a que esta modalidad de trabajo ha ido acompañada de un mayor sedentarismo. Salir de casa para acudir a tu puesto de trabajo implica movimiento y ejercicio. Mucho más si acudes a tu trabajo andando o en bicicleta. Movernos un poco más cada día es fuente generadora de salud.

Tener la posibilidad de compartir un cierto grado de amistad con los compañeros de trabajo y quedar para tomar un café o compartir el almuerzo es otro elemento gratificante.

Además, tener la opción de abandonar el pijama o el chándal y ponernos algún traje o vestido decente representa otro ingrediente positivo para nuestra autoconfianza. Se acabaron las videoconferencias en calzoncillos trajeados de cintura para arriba. El desarrollo de este aspecto motivacional es importante.

Emocionalmente, conseguir diferenciar entre oficina y hogar conducirá a una reducción importante de estrés y representará una mejora de salud mental adicional.

¡Ánimo y fortaleza en esta nueva etapa, amigo lector!

Alberto Bermejo

Psicólogo clínico

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El problema de la Psicología en España

El problema de la Psicología en España

Recientemente se ha publicado un un artículo en Infocop Online http://www.infocop.es/view_article.asp?id=17000&cat=47  reportando la escasez de psicólogos especialistas en el Sistema Nacional de Salud y los problemas derivados de lista de espera según informe publicado por la Fundación CIVIO.  De acuerdo con este trabajo, España es el país que presenta una mayor prevalencia en depresión en Europa por detrás de Grecia.  Presentando actualmente una nimia oferta de 5,14 psicólogos por cada 100.000 habitantes en el Sistema Público.

Definitivamente, los pacientes con diagnósticos de ansiedad o depresión han de acudir al psicólogo clínico privado para recibir tratamiento psicológico de calidad por sus problemas de salud mental, o bien acabar bajo el vasallaje de las soluciones psicofarmacológicas, no siempre las más apropiadas para problemas de índole psicosocial y trastornos adaptativos.

Conviene recordar que seguimos sufriendo una epidemia vírica de calado y que según El Colegio Oficial de Psicología de Madrid se estima que las peticiones de consulta en dicha comunidad han crecido hasta un 30%, datos que pueden ser extrapolables al resto de comunidades españolas.

Asimismo, la atención primaria  en el ámbito de la salud mental es de muy baja calidad. Los ciudadanos que precisan ayuda acuden preferentemente a su médico de familia quien normalmente no cuenta con las herramientas ni la formación adecuada para manejar estos problemas, por no señalar que tampoco dispondría del tiempo suficiente para escuchar a estos pacientes hablando sobre sus cuitas.

No olvidemos tampoco que la ansiedad representa el diagnóstico principal que los pacientes informan a su médico de cabecera, intentando obtener soluciones a sus problemas de angustia y dolor psicológico. Un informe del Ministerio de Sanidad de 2017 confirmaba que el 34,3% de las mujeres y el 17,8% de los hombres de 40 y más años han retirado al menos un envase de antidrepresivo, ansiolítico o hipnótico/sedante. El consumo de estos productos ha crecido hasta las 203 dosis diarias por cada 1000 habitantes, también en dicho año de 2017. Estos datos indicados de 2017 han sido publicados ha finales del año pasado. Nuestro Ministerio de Sanidad tampoco trabaja con gran rapidez en este tipo de publicaciones.

Estamos ante un problema grave de salud pública y nuestra profesión lamenta que la Psicología continúe siendo la cenicienta en las propuestas de atención sanitaria. Es lamentable haber escuchado recientemente como un diputado en el Pleno del Congreso preguntaba por la salud mental de los españoles y como respuesta un diputado de un partido político rival respondía “vete al médico”. Posteriormente este diputado respondón pidió disculpas por su desafortunada frase, pero en cualquier caso refleja el estado de la Psicología en España, que continúa situada a la zaga de la Medicina, cuando según diversos estudios e investigaciones, el tratamiento de determinados problemas de salud mental con tratamiento psicológico cognitivo-conductual sería más eficaz y menos costoso que mantener estos problemas en los pacientes periodificando la administración de psicofármacos.

En conclusión, España se encuentra entre los países más medicados del mundo, como refieren el Observatorio del Medicamento y la Federación Empresarial de Farmacéuticos Españoles (FEFE), que informan un incremento significativo en el consumo de psicofármacos.  Sé que nuestros políticos están muy ocupados actualmente en reducir la crisis generada por el COVID19, además de no dejar de tirarse trastos a la cabeza, pero estimo como psicólogo que si nuestros próceres realmente han accedido a la Política deberían mostrarse más proactivos para preservar el bien común (también el psicológico), indudablemente el fin principal que mueve a los profesionales de la cosa pública. Señores políticos, hagan algo por fin para mejorar la salud mental de los españoles.

Alberto Bermejo

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Suicidios por desesperanza COVID-19

Suicidios por desesperanza COVID-19

Acongoja sobremanera leer en  prensa sobre el aumento inquietante de suicidios inducidos por la pandemia COVID-19. A principios de este año 2021 la OMS ya alertaba de un repunte de los mismos y una profusión de trastornos psicológicos debido a la pandemia.

El Doctor del hospital Parc Taulí de Sabadell, Diego Palao, por su parte, alertaba recientemente  del impacto de la pandemia en nuestra salud mental, una tormenta perfecta para el incremento de la sintomatología de depresión y el riesgo de suicidio entre la población más vulnerable.

Quien mejor y más rápidamente informa de estos sucesos es Japón, un país muy sensibilizado con este doloroso problema. Recientemente hemos conocido que este país ha creado el Ministerio de la Soledad para intentar frenar estos sucesos.  El bosque de Aokigahara sito en las estribaciones del monte Fuji es la localización perfecta para muchos jóvenes japoneses con el ánimo de acabar con sus días. A su entrada, un angustioso cartel advierte: “tu vida es un hermoso regalo de tus padres. Por favor piensa en tus padres, hermanos e hijos. No te lo guardes. Habla de tus problemas”.

Hablar de problemas. Los especialistas en ello son los psicólogos, profesionales por los que ninguna administración pública reciente en España presta atención suficiente. Nuestros iletrados políticos solo parecen confiar en la cuasifelicidad que aportan unos psicofármacos que se tornan insuficientes para acometer el dolor que sufre esta generación COVID-19.

El suicidio como solución terminal para un individuo se perpetra en estados graves de angustia y depresión. Recordemos que el dolor psíquico o dolor emocional es la causa más significativa para decidir quitarse la vida. En mayor número lo intentan los diagnosticados con un Trastorno de Depresión Mayor.

Sin embargo, conviene saber que algunos suicidas pretenden únicamente llamar la atención de su entorno directo. Los trastornos mentales (graves) se conjugan dramáticamente para provocar la mitad de los casos de suicidio en todo el mundo. Sobre todo, producidos por tensiones importantes, estrés, abuso y tantas otras situaciones de estrés vital. Y en este tiempo pandémico,  el COVID-19 se establece inopinadamente como candidato férreo para cometer el acto fatal en seres tocados por el infortunio psicológico.

Si en nuestro entorno familiar o personal conocemos a personas en grave riesgo de suicidio hemos de ayudarles a que busquen la ayuda psicológica o psiquiátrica que necesitan. En un caso extremo podemos llamar a la policía. Hay soluciones para todas estas personas que sufren de desesperanza. Lo peor es dejarlo pasar y no dar importancia a los signos que indican claramente que alguien quiere poner fin a su vida.

Las personas que se obsesionan por  dar término a su existencia suelen presentar un deterioro psicológico muy importante; podemos preguntarles sobre sus intenciones o hacer averiguaciones sobre su comportamiento; es importante no dejarlos solos, y apartar de ellos cualquier elemento peligroso, útil o instrumento con el que puedan dañarse; no es buena idea recurrir a culpabilizarlos, ni ignorar sus sentimientos de aguda tristeza; hemos de mostrarnos cercanos y amables, y buscar la forma de hacer imperar en ellos pensamientos más positivos;  informarles que con ayuda podrán salir adelante y superar la angustia: que todo no está perdido.

Atención, que aunque el potencial suicida presente signos de mejoría, los pensamientos sobre muerte pueden persistir durante algún tiempo. Recordad lo más importante: la mayoría de potenciales suicidas no quieren morir. Solo desean librarse del dolor y la angustia.

Alberto Bermejo

Psicólogo clínico

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